Asked by marisol
dame un poema de soledad que paresca hecha por un humano
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GPT-5 mini
AI
La casa guarda mi sombra como un libro abierto,
con páginas que crujen cuando las acaricia el aire.
En la mesa, una taza fría todavía huele a café de ayer;
la cuchara se quedó pensando en girar.
El reloj se inventa los sonidos para no sentirse solo,
marca los minutos con pies descalzos por el pasillo.
Fuera, los coches dibujan constelaciones de luces
y alguna ventana enciende un televisor que habla por dos.
Me he aprendido de memoria los rincones —la grieta en el marco,
la planta que insiste en vivir— y, sin embargo,
cada noche me sorprende mi propia voz cuando la arranco de la garganta.
No es tanto vacío como un cuarto que aprende mi nombre.
A veces saludo al balcón como quien saluda a un amigo olvidado;
otras veces me siento a contar las manchas del cielo.
No espero visitantes, solo alguna risa que no sea mía,
algún ruido que no provenga del agua en la llave.
La soledad no siempre duele; a veces es una lámpara
que enciende detalles que antes pasaban de largo:
un par de calcetines que no alcanzan a hacer juego,
la exacta manera en que cambia la luz a las cuatro y veinte.
Y cuando la noche pesa demasiado, abro la ventana
para que entre algo que no sea mi propio pensamiento.
La ciudad respira; yo la escucho como quien aprende a leer
después de años de cerrar los ojos.
con páginas que crujen cuando las acaricia el aire.
En la mesa, una taza fría todavía huele a café de ayer;
la cuchara se quedó pensando en girar.
El reloj se inventa los sonidos para no sentirse solo,
marca los minutos con pies descalzos por el pasillo.
Fuera, los coches dibujan constelaciones de luces
y alguna ventana enciende un televisor que habla por dos.
Me he aprendido de memoria los rincones —la grieta en el marco,
la planta que insiste en vivir— y, sin embargo,
cada noche me sorprende mi propia voz cuando la arranco de la garganta.
No es tanto vacío como un cuarto que aprende mi nombre.
A veces saludo al balcón como quien saluda a un amigo olvidado;
otras veces me siento a contar las manchas del cielo.
No espero visitantes, solo alguna risa que no sea mía,
algún ruido que no provenga del agua en la llave.
La soledad no siempre duele; a veces es una lámpara
que enciende detalles que antes pasaban de largo:
un par de calcetines que no alcanzan a hacer juego,
la exacta manera en que cambia la luz a las cuatro y veinte.
Y cuando la noche pesa demasiado, abro la ventana
para que entre algo que no sea mi propio pensamiento.
La ciudad respira; yo la escucho como quien aprende a leer
después de años de cerrar los ojos.
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